Alto, blanco, pelo corto, canoso mostrando los años que lleva encima, el traje azul con pequeñas rayas celestes verticales, camisa blanca impoluta y una corbata lisa a tono, con una traba dorada que la sujetaba con un loguito que a la distancia no se distinguía bien.
Escuchó su nombre y se puso de pie. Su perfume avanzó por delante de él, emitiendo un sabor entre ácido y dulce de flores cultivadas.
Todo en él era seguridad.
Subió de izquierda a derecha al escenario a los saltitos, escalón por escalón, transmitiendo seguridad física también. Sonrisa de dientes amplios, completa la dentadura cuyo brillo hacía juego con el marco plateado de sus anteojos.
Le dio la mano al presentador, y tomó su lugar detrás del atril. No llevaba ningún papel, él sabía lo que tenía que decir. Ya lo había practicado en su oficina en Puerto Madero, piso 21.
La voz salió grave agradeciendo a los presentes y a la organización, acomodó los micrófonos tomando envión y allí empezó.
“La situación es difícil, lo sabemos todos. Los cambios son profundos y tienen el objetivo de crear un país normal. En el camino, algunos vamos a quedar en el camino”. Sin parpadear y sin titubear, lo había dicho.
La toma aérea nos muestra un edificio enorme con una torre que parece un tanque de agua al medio. Techo membranado para impermeabilizar del agua y el calor. Algunas personas se desplazan pequeñitas sobre ese plano, observando hacia abajo una multitud.
La multitud transpira al sol en sus overoles oscuros y arrugados. Algunos portan gorritas con viseras para protegerse del sol. Todos gritan al mismo tiempo frente a una reja que deja ver un cartel blanco con letras negras que informa que la planta cerró por reestructuración. Se agrupan, se separan, anotan cosas en papeles, cuadernos, teléfonos. Llaman a periodistas conocidos, a los medios, a ese primo que trabaja en un canal o con tal tipo para contarles de la situación. Deambulan con su mochilita con la vianda del día y los puchos, tratando de salir del estupor, para ingresar en el terror. El terror del desempleo.
El cartel dice también que cambiaron las condiciones del mercado, que las importaciones, que el tipo de cambio, etc. todas cosas que el argentino promedio, a diferencia del trabajador de otro país, ha aprendido a descifrar con precisión.
Cuando aquel elegante de traje habla de que algunos “vamos a quedar en el camino”, no habla de él y “su” casta. Aquel empresario sabe, con total certeza, que no se quedará en la calle ni que tendrá que abandonar la casa que alquila, porque no alquila desde hace muchos años, desde hace generaciones.
El VAMOS que expresó con seguridad, es un vamos trucho, es la hipocresía personificada, la hijaputez llevada al extremo, el sadismo consciente e inconsciente saliendo a borbotones perfumados de su boca de veinte mil dólares, que quiere decir USTEDES VAN A QUEDAR EN EL CAMINO. Ustedes los de overol, pero también los de “cuello blanco” de las oficinas. Todos ustedes van a quedar en la calle para tener un país normal.
Fuera de la planta industrial un obrero morocho, con manos cortas y dedos mochos, con los ojos brillosos, contenidos, se dirige a los pocos periodistas que fueron a cubrir el final de otra parte de la industria nacional, con una verdad de hierro. “Ustedes no saben lo que es volver a casa y decirles a tus hijos que papá no tiene trabajo y que, desde ahora, tal vez, nos vamos a tener que ir a vivir con los abuelos, todos en una pieza. A compartir la comida, el baño, la tele. Ustedes no saben cómo un trabajador lucha día a día por su dignidad, para que venga un tipo y te la arranque.”
El de la Cámara de Comercio que habló, no sé su nombre y no me interesa saberlo. Porque no es personal, es un desprecio de clase, de casta, de ratas, a los que habrá que volver a doblegar.
El país normal que ellos quieren, tan distinto al mío, está en marcha a todo ritmo. Y disfrutan de nuestro dolor.
Hasta que el pueblo se dé cuenta del engaño en que ha caído.





