Hablemos de lo que duele. De lo que incomoda. De eso que muchas veces evitamos nombrar porque creemos, equivocadamente, que al hacerlo lo agrandamos. Lo que está pasando en las escuelas, y lo que empieza a hacerse visible en los medios, no es nuevo… pero sí más intenso, más urgente.
En estos días, distintas voces volvieron a poner el tema sobre la mesa. Muchas de las amenazas que aparecen en las escuelas no son solo actos de violencia aislados. Hay algo más. Algo que no está pudiendo decirse de otra manera. Y esa idea resuena, porque nos corre del lugar cómodo y nos empuja a preguntarnos: ¿qué no estamos escuchando?
En las escuelas, la violencia no siempre estalla. A veces se filtra. En los recreos, en los grupos de WhatsApp, en las miradas que excluyen, en los apodos que parecen "chistes", pero lastiman. Se esconde en ese "no lo invites", en ese "mejor no te juntes con él", en esa risa que deja a alguien afuera. Y ahí empieza todo. Porque el bullying, el acoso, la violencia no aparecen de un día para el otro. Se construyen, se habilitan, se sostienen en una trama de vínculos donde hay agresores, víctimas… y espectadores. ¿Cuántas veces un adolescente se ríe de otro para no ser el próximo? ¿Cuántas veces un niño calla lo que ve porque no sabe cómo intervenir? ¿Cuántas veces los adultos no llegamos a ver lo que pasa cuando no estamos?
Puerta al mundo
Educar es, en esencia, abrir una puerta al mundo. Acompañar a los chicos a entenderlo, a ponerlo en palabras, a mirarlo con curiosidad, con preguntas, con pensamiento crítico. Por eso generamos espacios de diálogo, de intercambio, de debate. No como una actividad aislada, sino como una práctica cotidiana. Rondas donde cada voz tenga lugar. Donde nadie se ría de lo que el otro siente. Donde las emociones no sean un problema, sino un punto de partida.
Pero la educación no ocurre solo dentro de la escuela. También se construye en casa. En cómo hablamos, en cómo resolvemos los conflictos, en cómo gestionamos el enojo, la frustración, la alegría. En lo que mostramos y en lo que callamos. En el uso de las redes, en los tiempos compartidos, en la presencia real.
La violencia aparece en la escuela, pero no nace en la escuela. La escuela muchas veces la aloja, la visibiliza, la pone en escena. Pero no puede sola con ella. Necesitamos asumir, como adultos, una responsabilidad que no admite postergaciones: mirar, escuchar, estar. Entender el mundo en el que están creciendo nuestros chicos, incluso cuando ese mundo nos resulta ajeno o incómodo.
"Educar es, en esencia, abrir una puerta al mundo. Acompañar a los chicos a entenderlo, a ponerlo en palabras"
Y como familia, como sociedad, como escuela, hay algo que no estamos logrando: una cercanía genuina. Si un chico cambia, algo está pasando. Si se aísla, si está más irritable, si ya no quiere ir a la escuela, si duerme mal, si come distinto… algo está diciendo, aunque no lo haga con palabras. Y ahí es donde tenemos que aparecer. Hablar. Preguntar. Escuchar sin apurar. Sin juzgar. Sin minimizar. Conocer sus vínculos. Acompañar sus rutinas. Interesarnos de verdad por lo que les pasa y por ese mundo digital que, muchas veces, queda fuera de nuestra mirada. Debemos perder el miedo a nombrar, hablar de la violencia en la casa y en la escuela no estigmatiza. Visibiliza. Y visibilizar es el primer paso para transformar, que no se nombra, se instala; lo que no se trabaja, se repite.
Hoy sabemos que el entorno digital no es el único causante de la violencia, pero sí el lugar donde se naturaliza y se potencia. Cuando un adolescente se repliega tras una pantalla, muchas veces es porque el mundo real, la familia, la escuela, ha dejado de sentirse como un refugio. En esa soledad conectada, la empatía se desdibuja. Es allí donde la falta de una mirada adulta que acompañe permite que la indiferencia se multiplique.
"El contenido"
Enseñar convivencia no es un contenido más. Es "el contenido". Las normas son necesarias, sí. Pero no alcanzan. Hace falta presencia. Hace falta mirada. Hace falta intervención. Habitar los recreos. Escuchar entre líneas. Leer los gestos. Intervenir a tiempo. Porque la intervención oportuna de un adulto puede cambiar el curso de una historia. Y esto no es una frase hecha. Es una responsabilidad concreta. Educar en empatía, en regulación emocional, en resolución de conflictos. Enseñar que el otro no es un enemigo, sino alguien con derechos. Generar propuestas donde cooperar tenga más valor que competir.
La escuela y el hogar pueden ser muchas cosas. Pueden ser un lugar de dolor, de exclusión, de miedo. Pero también pueden ser refugio. Ese espacio donde alguien mira distinto. Donde alguien dice: "esto no está bien, y no estás solo". Y eso, aunque parezca pequeño, puede cambiarlo todo. Tratemos de no llegar tarde. Porque a veces no hacen falta grandes discursos. Hace falta un adulto que se detenga, mire, escuche y acompañe.
Pequeñas acciones que construyen algo enorme: la posibilidad de habitar el mundo sin miedo.
Fuente Diario el Tribuno de Salta





