La IA no es neutral; es un mecanismo de concentración, control y transformación social.

 

Un hombre vestido de blanco, solo en el Vaticano, acaba de lanzar una botella al mar. El mensaje adentro dice que la vida como la conocemos está en peligro. Se llama León XIV y su enemigo no es un ejército. Es un algoritmo.

 

Estamos viviendo un cambio tecnológico impactante.

 

No es la primera vez.

 

A lo largo de su historia, la sociedad atravesó cambios tecnológicos continuamente. Algunos de envergadura regional o global.

 

Algunos impactaron en espacios reducidos. Otros hicieron temblar imperios constituidos.

 

En Asia central inventaron el estribo y sobre sus caballos esteparios invadieron hasta Europa. Impacto global.

 

No puedo olvidar la imprenta de Gutenberg para difundir la palabra escrita.

 

Durante unos 10.000 años el modo de producción económica fue esencialmente el mismo. Desde los poblados de la Mesopotamia entre el Tigris y el Éufrates, o en Nilo antiguo, unos 10.000 años de historia casi idénticos.

 

Pero en el siglo XVIII la fuerza animal es reemplazada por el vapor y allí los sistemas productivos cambiaron.

 

Productos elaborados por un ejército de artesanos en talleres dispersos, fueron reemplazados por productos manufacturados en nuevos sitios llamados fábricas.

 

El sistema de producción económica tiembla de tal manera que toda la estructura social se ve rota. Lo que antes existía como una historia repetida de 10.000 años, donde los hijos de los campesinos serían campesinos, desaparece.

 

La estructura social cambia totalmente.

 

Al motor a vapor lo siguió el motor a combustión y a este el eléctrico y, con cada transformación, el mundo del trabajo cambió y la sociedad se tuvo que ajustar a las nuevas condiciones laborales. Y nuestros abuelos se tuvieron que adaptar a las nuevas reglas de quienes detentan los medios de producción.

 

Los campos se vacían, las ciudades se pueblan hasta lo inimaginable.

 

Para los fines de los ’70, con la aparición de las redes de comunicación, sea por cables, microondas o satélites, se inicia un proceso de globalización acelerado. Nuestros padres lo vivieron. Al principio fue bastante precario y convivieron el Telex con el Fax y luego los correos electrónicos.

 

Estas tecnologías no fueron malas, unió pueblos, familias distanciadas volvieron a encontrarse. Pero, además, sirvieron para concentrar los capitales como nunca antes.

Primero concentraron los sistemas productivos, la integración entre las fábricas y luego concentraron a las finanzas y los bancos.

 

Son solo ejemplos de cambios tecnológicos con impacto verdadero.

 

Y hoy ¿cómo estamos?

 

“Magnifica Humanitas”, Humanidad Magnífica, bautizó León 14 a su primera encíclica. En ella discute y enfrenta un nuevo cambio tecnológico que está teniendo un impacto desmesurado sobre las sociedades; la Inteligencia Artificial.

 

La IA, como se la llama hoy, impacta totalmente en los jóvenes, pero su penetración es transversal a las generaciones, incluso a los países.

 

Hay al menos cinco aspectos de la IA que permiten comprender su peligro:

 

Primero: todas estas propuestas atacan al empleo como se lo conoció hasta ahora. El último reducto del trabajador que parecía infranqueable, comienza a ser ocupado por una máquina que utiliza toda la información existente en Internet para responder hasta la pregunta más importante. Para realizar en segundos operaciones que nos llevarían horas o días.

 

Segundo: su cuerpo filosófico transporta el mensaje del “sálvese quien pueda” y el otro, pues el otro que tal vez se muera. Es decir, a esta situación no se propone ninguna alternativa. El individualismo llevado al extremo.

 

Tercero: cada una de estas propuestas empresarias compite entre sí por el monopolio de la tecnología, es decir dominar el control de esa montaña de información.

Cuarto: implican la pérdida absoluta de la privacidad en manos de corporaciones que utilizarán esta información para manipular individualmente al conjunto de la población mundial.

 

Quinto: la filosofía de los dueños de estos monopolios reivindica una sociedad sin gente, sin pueblo. Además, sin necesidad de compartir la toma de decisión sobre el uso de estos datos. Los llaman “tecnofeudalistas”

 

La tierra fértil del futuro son nuestros datos. Allí sembrarán todo tipo de deseos, temores, hasta incluso el control autoinflingido a gusto del mejor postor. La crisis con Cambridge Analytica es solo una de las acciones que ya cumplieron.

 

Ante eso, un hombre vestido de blanco, solo, en el Vaticano, emite un acto de resistencia pidiendo que reaccionemos lo antes posible. Antes de que sea demasiado tarde.

 

Simbólicamente es muy fuerte.

 

En la Argentina de hoy esto nos está afectando profundamente mientras nos distraen con cualquier cosa, Adorni, $Libra, Colapinto o el Mundial.

 

Reconozcamos primero que Javier Milei y Gustavo Sáenz, son parte del mismo modelo, por lo tanto del mismo problema.

 

Uno de sometimiento al capital financiero, a la extranjerización de la tierra y a la entrega de soberanía.

 

Estos objetivos se encuentran incluidos en los principios de dominación que estos tecnofeudalistas, como Thiel, Musk, Bezos, nos proponen como nuevo paraíso.

 

Es a nuestra escala local donde tenemos la posibilidad de despertarnos y darnos cuenta de que estos sujetos nos llevan a la disolución como Nación, como país y como pueblo, e impedirlo ya.

 

El Papa, como un náufrago en una isla desierta, acaba de lanzar una botella con un mensaje claro, la vida, como la conocemos, está en peligro.

 

Está en nosotros impedir que esto se concrete.

 

Antes de que controlen totalmente nuestras mentes.