Cuando tomamos un poco de distancia frente a la realidad cotidiana para mirarla como un panorama, vemos un escenario a donde los actores se desplazan y muestran sus respectivos roles, despliegan sus parlamentos simples o complicados, visten sus miserias y vanidades.

Si podemos salir un poco de la angustia del momento que nos aprieta, a muchos la panza a otros las mentes a otros el miedo, digo, que cuando logramos despegarnos de esta ansiedad, por el número de contagiados y de muertos que nos obsesiona, de su ubicación espacial, por longitudes geográficas y latitudes sociales y atendemos a esa realidad leída, escuchada y mirada por los medios y le sacamos la camionada de adjetivos a la que los periodistas argentinos son tan afectos y a la que nos someten con una voluptuosidad tan insana como poco profesional. Desde ese sillón imaginario de espectador privilegiado y reflexivo, con la mente serena, las palpitaciones equilibradas y los olores neutros de un ambiente cálido, ahí, en ese mismo momento, sin todos los ruidos que nos distraen, tenemos que darnos cuenta de lo importante que es el debate del momento.

 

La Argentina vive el debate explícito más importante de los últimos cincuenta o sesenta años casi sin darse cuenta. Solo en los ’70, desde otro ángulo por supuesto, se planteó este tema.

 

El COVID-19 permitió levantar un velo, destapar el tabú fundamental de la sociedad contemporánea. El COVID, con su franqueza tan ubicua como invisible, nos quitó todos los pruritos sobre la discusión de fondo.

 

 La cercanía de la muerte nos hace abrir los ojos.

 

Ese virus espantoso, tanto en su figura como en sus logros, trajo con él la fuerza telúrica del terremoto. Junto a su amenaza de miedo colectivo, de angustia y de muerte nos entrega de manera directa, como un sopapo inesperado, la posibilidad de la ruptura de cierto orden establecido y edificado en estas tierras desde la Colonia a la fecha, pero sobre todo acelerado desde la segunda mitad del siglo XX.

 

 En medio de una crisis comercial internacional, con nuestros productos cayendo en las pizarras de todos los mercados globales, con una negociación en ciernes con el mundo de los carroñeros cebados por un macrismo irresponsable. Con una industria donde la ocupación de la  capacidad instalada caía hasta el 45% mientras el desempleo y la pobreza subían. En medio de un intento de ponerle títulos y responsables a los capítulos del Gobierno que llegaba. En ese contexto se abre una portezuela de un avión en Ezeiza y rodando como un juguete inflable indistinguible llega el ‘titular’ de los próximos meses.

 

Antecedido por desastres en Wuhan y sus primeras cornadas en España e Italia el virus ingresa sin permiso, sin visa, sin aduana.

 

¡Y se quedó!

 

Las prioridades se replantearon y a veces no comprendemos que significaron estas palabras en un Presidente contemporáneo. No nos damos cuenta de la potencia ideológica, filosófica y moral del planteo.

 

 Observamos a potencias mundiales encaminadas en el sentido contrario a nuestra patria y a algunos les parece normal. Es más, muchos salen prestos a reclamar cambios de orientación, cambios de sentido. Muchos salen con sus teorías peregrinas a apostolar en tribunas físicas y virtuales con reflectores y cámaras televisivas a explicar por qué el Dios dinero tiene que dominar la escena, “Si no fuera asi, la miseria y la peste caerá sobre nosotros”. Pero; ¿A dónde estamos?

 

 Alberto Fernández fue contra el gran monopolio del mundo moderno. Nuestro Presidente se le plantó al Dios dinero. Lo hizo humildemente, cuidadoso, como quien transporta tres bandejas de huevos en un subterráneo.

 

Y eso no hizo más que desencadenar la verdadera discusión. Esta reorientación sucede también porque el nuestro es un país que no tiene “resto”. Lo dejaron fundido y, llegados al abismo, se toman las grandes decisiones. Las mujeres y los niños primero, reza la leyenda de los barcos naufragando.

 

Los argentinos hemos tenido que tomar muchas veces este tipo de decisiones en las décadas pasadas. La clase media dejó la casa que alquilaba, o la obra social, o el colegio privado de los hijos para pasar a “la pública”, los trabajadores dejaron su pieza alquilada en una pensión, para ir a vivir bajo un plástico con su familia y al estigma del comedor comunitario.

 

 Este tiempo también nos vio multiplicar nuestros esfuerzos para resurgir de entre ese debacle que nos cayó, no sabemos de dónde. Hemos hecho esfuerzos tremendos y podemos mostrar esas medallas en nuestro pecho, tenemos el derecho, siempre que reconozcamos que no estuvimos solos en la levantada.

 

El país sin resto, que ha decidido que lo importante es la vida por encima de la actividad económica pura y dura, comenzó a buscar de donde sacar una ayuda para sostener esas vidas y miramos a los grandes ganadores de los últimos años. Y entonces se pensó en la riqueza.

 

 Es interesante como cuando una sociedad se edifica en este mundo moderno, elaboramos ideas de cómo hacerle un poco menos “terrible” la vida a los pobres sin que salgan de pobres y como les facilitamos la ganancia a los ricos para que sean más ricos. Todo por el mismo precio.

 

La pobreza debe ser analizada desde la riqueza. Los mecanismos de acumulación de riqueza son los mismos que acumulan pobreza, porque la torta es siempre la misma.

 

Los ricos comenzaron a ser cuantificados. Primero sucedió con los grandes sojeros. Incluso antes de la pandemia. Cuando comenzamos a contar a los grandes productores de soja, nos dimos cuenta que “todos somos el campo” quería decir: “peleen ustedes que yo cobro” y los muy grandes eran poquitos. Y la mayoría seguía cagada. Las olivas en San Juan, las peras y manzanas en Alto Valle o las bananas de Orán, todas reclamaban a coro con la obra de teatro.

 

 Se comenzó a cuantificar quienes tenían varios millones de dólares, y se hizo un Excel, (Jeje, para que no extrañen) y se descubrió que unos poquitos, 13.000 o algo así, tenían miles de millones de dólares. Y se supo quiénes eran estos, con nombre y apellido. Y se supo luego, que parte de estos habían blanqueado sus robos anteriores. Blanquear, para que quede claro, es decirle al ladrón, “confesá, por unos mangos yo te perdono”. En general ¿Qué robaron? Nuestros impuestos. A ver, de nuevo. Tu vecino te roba la ropa de la soga, un día “salió a soguear” le dicen, ¿Y vos le dás tu billetera para que te la cuide? Bueno, a algunos de estos les dieron un préstamo del Banco Nación.

 

Luego se supo que, además, la información de la evasión la tenía el Gobierno de Macri y la escondió. Pero esto es otra triste historia.

 

Proponen un impuesto …. que no es un impuesto. Seguimos con la bandeja de huevos en el subte. En realidad se trata de un aporte único, extraordinario, te prometo que nunca más, del 3%. Si, el TRES por ciento. Y la riqueza, el dios dinero mostró sus dientes, sus uñas, sus espadas afiladas. Y son muchas. ¡Ni el uno por ciento te voy a dar!

 

Los que ganan siempre, los grandes visires del credo dorado. Los druidas fanáticos de las pociones que transmutan Tu trabajo en Su dinero, mandaron a sus esclavos mediáticos a defenderlos. Y allí están. Ya estaban allí, porque el alma es difícil venderla dos veces. El diablo no te deja. Sus espadachines de la lengua ya la tienen vendida.

 

Enfrentar el COVID-19 requiere esta colaboración y no la quieren dar.

 

 La esfera invisible y puntiaguda continuó su derrotero predecible y después de bajar del avión comenzó a visitar las ciudades y estas cerraron sus puertas a cal y fuego, para que no las conozca, no ingrese.  Y ella continuó y dio vueltas como un remolino centrífugo que todo lo va cooptando, como esas galaxias luminosas que van ocupando todos los intersticios de un universo infinito y en su andar azaroso, como si su luz hubiera sido atrapado por un agujero negro, como el agua escurre gravitatoriamente por el agujero de la bañera, la pelota espinuda cayó en las villas.

 

Las puertas se cierran, cuando puertas hay.

 

Todas las recomendaciones sanitarias salidas de médicos universitarios de ese 5% que accede a esa educación y que observan, en general distantes, esos agujeros negros, “de donde no se sale”, todas esas recomendaciones eran para otro mundo. En este mundo, en el agujero negro, las reglas son distintas. El mundo de la pobreza maneja otros criterios, porque otras son las realidades.

 

 La pobreza no tiene agua, no tiene cloacas. La electricidad viaja haciendo equilibrio sobre cables “yapados” que recorren los cielos de a miles, como los vuelos de las urracas, bajando y subiendo incansablemente, en bandadas unipersonales. La calle por las noches, se ilumina cuando se ilumina, es decir poco y en esa oscuridad, todo sucede, todo se comenta, todo se esconde y la pelota pinchuda, a quien por otro lado, la oscuridad la tiene sin cuidado, viaja en cada contacto, cada transacción, cada apretón de manos, cada mejilla cariñosa, cada abrazo enamorado.

 

En la pobreza, en el agujero, el pueblo miraba la pandemia, alerta pero inerme. Queriendo protegerse, cuidar su familia, sus hijos, sin recursos. Ni agua le dejan. Se la cortan en medio del caos. O no resuelven el problema, que es lo mismo.

 

A la pobreza heredada, a la codicia de los ricos, ellos le hacen frente, desde el agujero negro, con las pocas armas que les quedan y salen con sus naves destartaladas a buscar qué comer, de qué comer, con qué comer.

 

Entonces, ¿Qué se discute hoy en ese escenario nacional, en el gran teatro?

 

Esta es la discusión de fondo, del momento.

 

Por un lado está la acumulación de capital interminable, ilimitada, infinita, a dos manos, insaciable, por unos pocos. Del otro, una parte grande de la sociedad que no alcanza al nivel necesario para protegerse de un virus lavándose las manos.

 

Uno es consecuencia del otro, si no entendimos esto no se entiende nada. Por eso es tan importante el debate que involuntariamente se está desarrollando.

 

‘El problema es el coronavirus en las villas’ proclaman. Pero NO. Por favor ¡NO! El problema de las villas es la pobreza y en algunos barrios populares, la pobreza extrema.

 

El COVID-19 es solo el detonante, el visibilizador amenazante, porque también es eso, una amenaza.

 

Y en la sociedad argentina, el problema es la distribución de la riqueza.

El rico muy rico no solo está batallando para que no le apliquen una contribución, que ya debe estar viendo como eludir o evadir, sino que esquiva todos los impuestos ya existentes. A ver, de nuevo en español. Si a los evasores se les hubieran podido cobrar los impuestos existentes hoy, los que ya hay, tendríamos mucho más que lo que se puede recaudar con este aporte especial. Con este triste 3%.

 

El teatro presenta una obra llena de actores. Hay que comenzar a plantear la cuestión de fondo, cómo logramos que estos grandes acumuladores evasores dejen de serlo y usamos ese logro para sacar a nuestro pueblo de la pobreza, de tal pobreza que no puede nada, ni lavarse las manos. A esto llegamos por hacernos los distraídos y continuar sometidos, casi sin resistencia, al dios de la modernidad, de la ganancia a costa de todos. A esto llegamos también, por mirar el escenario sin atrevernos a subir a él,  a pesar de que la que se presenta es nuestro destino.

 

(*) Fuente: https://felixgonzalezbonorino.wordpress.com