Un siglo atrás la Puna era un desierto vacío e inhóspito. En los mapas del siglo XIX figuraba como "El Despoblado". Sus únicos habitantes eran pastores que vivían aislados en pequeños puestos perdidos en remotas quebradas o donde existían vegas o ralos pastizales. Con una demografía bajísima, la llegada del ferrocarril y la necesidad de estaciones ferroviarias hicieron que crecieran algunos reducidos núcleos urbanos.

En sus orígenes la Puna era territorio de Bolivia. Luego de la Guerra del Pacífico en 1879 pasó provisoriamente a Chile y finalmente un laudo arbitral, en 1899, le dio la territorialidad a la República Argentina.

 

Un adiós a un compañero

En 1900, el presidente Julio A. Roca nombró gobernador del Territorio Nacional de los Andes al general Daniel Cerri, quien redactó un informe donde daba cuenta del estado inhóspito de la región. Esta situación es descripta también por decenas de viajeros y naturalistas que cruzaron la Puna y dejaron observaciones escritas en los siglos XIX y XX.

 

El Tibet de América

Los arrieros, la caravanería y los viajeros debieron buscar refugio en lugares naturales para protegerse de las inclemencias del tiempo. Baste recordar que la Puna, el Tíbet de la América del Sur, es un desierto en altura elevado a 4.000 m sobre el nivel del mar, flanqueado por altas cordilleras a oriente y occidente, y con condiciones climáticas extremas.

 

Las temperaturas nocturnas bajo cero y las invernales por debajo de menos 20 grados centígrados, las amplitudes térmicas entre el día y la noche, los vientos fuertes, secos y cargados de polvo o arena, el viento blanco con su fina nevisca, las tormentas eléctricas con sus peligrosos rayos, la hipoxia y la hipobaria, la escasa o nula nubosidad, la radiación solar y heliofanía, el soroche de las alturas y el surumpio de los salares, son algunos de los elementos que dan el singular cuadro climático y meteorológico de esta región.

 

El sol quema de día y la noche congela con su frío glacial.

 

A merced del frío glacial

Por haber vivido cinco años en la Puna como geólogo explorador puedo dar fe de los extremos climáticos que allí se soportan. Encontrar un alero en donde protegerse resulta crucial. Unas matas secas para hacer fuego pueden ser la diferencia entre la vida y la muerte. De allí que en muchos aleros se encuentran rastros de viejos fogones o restos de algunas plantas secas dejadas allí en solidaridad con el que pueda llegar. Esas plantas generalmente son añagua, rica rica, tola, tolilla, yareta y la más calorífica: la leña cuerno.

 

El estiércol seco de animales, como llamas, burros, ovejas, también se utiliza y los viejos mineros les llamaban taquia.

 

El viajero que se interna hacia el interior de la Puna, lejos de campamentos mineros o puestos de pastores habitados, necesita imperiosamente proveerse de un refugio, sea cuando quema el sol del mediodía o cuando se avecina la noche glacial. Ruinas de campamentos mineros, puestos de pastores abandonados, cuevas, viejos socavones o aleros constituyen esos refugios esenciales.

 

En el caso específico de los aleros, estos son salientes naturales de la roca que generan un techo que sirve de protección. Si bien la palabra alero, proviene etimológicamente de ala y es un término de la arquitectura que hace referencia a la parte inferior del tejado que sobresale de la pared, en el caso de la Puna se ha extendido su uso como saliente rocosa.

 

La gestación de los aleros

El origen de esos aleros está relacionado con los tipos de rocas y los agentes erosivos. Las rocas que mejor se prestan son las llamadas ignimbritas formadas por erupciones volcánicas ácidas. Son una especie de espuma de vidrio que se forma cuando colapsan los grandes volcanes generando calderas que pueden alcanzar decenas de kilómetros de extensión.

 

Las grandes calderas del Cerro Galán (Catamarca) y La Pacana en el Paso de Jama (Jujuy) están rodeadas por ignimbritas que se extienden en grandes planos.

 

Los Andes Centrales presentan la mayor área de ignimbritas del planeta con más de 500.000 kilómetros cuadrados. Se distinguen por sus colores claros a rosados, su aspecto de mesadas, y su morfología de castillos derruidos. Dan lugar a numerosas geoformas de hongos, pilares, bloques en paralelepípedos que parecen tallados a mano, etcétera.

 

En la ruta que cruza por el volcán Tuzgle, al amontonamiento de esos bloques de formas caprichosas a la orilla del camino, se les ha dado en llamar "La Juguetería".

 

Los vientos fuertes de la Puna, con su carga de arenas abrasivas, erosionan la base de las ignimbritas, las cuales a su vez se debilitan por aguas que ascienden en forma capilar. Los distintos agentes meteorizan y erosionan la base de las rocas, que a veces coincide con algunas capas de cenizas friables, y van generando la saliente o alero. Lo mismo pasa con rocas de otras litologías expuestas a los fuertes vientos que producen la abrasión de los materiales hasta desgastarlos.

 

Huellas humanas prehistoricas

Muchos de los viejos aleros han sido pircados en su frente mediante la construcción de una pared baja de piedras sueltas (pirca) que actúa de protección contra el viento. Algunos aleros muestran fogones y una ocupación desde tiempos antiguos e incluso se han encontrado valiosas pictografías arqueológicas en las paredes que los rodean.

 

En un alero de las ignimbritas de la caldera del Galán (Catamarca), no muy lejos del límite con Salta, arqueólogos y antropólogos tucumanos anunciaron el hallazgo de objetos arqueológicos y cabellos humanos que fueron datados en 40.000 años.

 

Esto representa una edad muy antigua con respecto a los sitios con poblamientos humanos de América del Sur los que no superan los 12 o 15 mil años de antigedad. Otro hallazgo de gran interés se produjo en Sud Lípez, en el Altiplano boliviano, en la continuación hacia el norte de la Puna argentina.

 

En un lugar conocido como Cueva del Chileno, con registros de ocupación desde 4.000 años atrás, se realizaron excavaciones arqueológicas y se encontró intacta una bolsa de cuero de mil años de antigüedad que perteneció a un antiguo chamán. La bolsa contenía plantas secas, tabletas, tubos, espátulas y otros elementos para el consumo de sustancias alucinógenas las que portaba el médico viajero al estilo de los kallawayas y cuya proveniencia era de lejanas regiones selváticas.

 

Dentro de la bolsa había además una pequeña bolsita confeccionada con los hocicos de tres zorros.

 

En la Puna argentina son comunes los abrigos, cuevas o aleros, tanto en Catamarca, Salta y Jujuy, todos con ocupaciones arqueológicas que se remontan a cientos o miles de años. El sitio Alero Cuevas en la región de Pastos Grandes, Puna salteña, tiene varias etapas de ocupación y la más antigua se remonta a unos 11.000 años atrás.

 

Restos de animales

El lugar fue ocupado hasta unos 3.500 años atrás y en él se encontraron restos de animales que fueron consumidos por los primitivos habitantes del Holoceno, puntas de proyectiles y otros artefactos líticos tiempo-sensitivos. Entre ellos destacan los artefactos “Saladillo” de amplia distribución regional. Las dataciones de radiocarbono y las tipologías de proyectiles permitieron realizar una cronología del ocupamiento del sitio.

 

Otro alero es el de Tomayoc en la Sierra de Aguilar, a mitad de camino entre Puna y Quebrada. Este alero registra ocupaciones arqueológicas con restos de camélidos y cerámicas. Se excavaron ocho pisos de ocupación a lo largo del tiempo entre 4.250 y 550 años atrás.

 

También en la Puna de Jujuy se destaca el alero Hornillos en la región de Susques. Según los arqueólogos que lo estudiaron dicho sitio registra ocupaciones desde el límite Pleistoceno-Holoceno hasta el Holoceno medio. Hay allí evidencias líticas, óseas, arte rupestre y fogones en nueve niveles de ocupación.

 

Es importante señalar que en ese tiempo, desde los primeros cazadores-recolectores en adelante, la Puna sufrió fuertes cambios climáticos a los que debieron adaptarse los antiguos habitantes. El estudio geológico de los aleros de la Puna es todavía una asignatura pendiente. Fuera de la Puna son famosos los aleros de Ablomé en Guachipas (Salta) y los de Patagonia, todos ricos en pictografías.

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