Recientemente, autoridades y referentes de sectores provinciales se dieron cita en el Centro de Convenciones para el lanzamiento del proceso participativo para la elaboración del nuevo Plan de Desarrollo Estratégico Salta 2050, que busca generar consensos amplios sobre el rumbo de la provincia en las próximas décadas.

Por la magnitud de esa convocatoria, resulta inevitable formular una pregunta incómoda: ¿qué aprendimos del anterior Plan Estratégico 2030? La evaluación de sus resultados debería ser el punto de partida obligatorio para pensar el próximo. Podemos convertirnos en una provincia exportadora de litio e importadora de conocimiento. Productora de materias primas, pero consumidora de tecnología desarrollada por otros. Una economía que crece sin construir inteligencia económica propia. Y allí aparece el verdadero desafío de las próximas décadas:

 

  • ¿Estamos formando jóvenes capaces de trabajar junto a sistemas de inteligencia artificial?

 

  • ¿Estamos fortaleciendo Matemática, programación y pensamiento computacional?

 

  • ¿Estamos transformando las universidades para profesiones que todavía no existen?

 

  • ¿Estamos construyendo una sociedad capaz de competir en la economía del conocimiento?

 

Si esas preguntas no ocupan el centro de la discusión, cualquier plan estratégico corre el riesgo de nacer viejo

 

Si hacemos un repaso de los 17 años que lleva vigente el Plan Estratégico anterior, la provincia efectivamente creció. Según los estudios recientes del Producto Bruto Geográfico (PBG) la economía salteña mostró una expansión sostenida entre 2004 y 2023, impulsada principalmente por minería, agroindustria, construcción, comercio, turismo y servicios. La minería fue uno de los sectores más dinámicos. El auge del litio, la expansión de proyectos metalíferos y las inversiones asociadas a la transición energética global modificaron significativamente la estructura productiva provincial. De hecho, la explotación de minas y canteras aparece entre las actividades con mayor crecimiento relativo dentro de la serie histórica del PBG salteño.

 

Resulta imprescindible mirar qué ocurrió con el empleo, especialmente con los jóvenes. Porque una de las promesas implícitas de todo proceso de crecimiento económico es que genere oportunidades de inserción laboral y movilidad social para las nuevas generaciones. Y allí los datos muestran otra de las grandes fragilidades estructurales del modelo salteño. Según diversos informes laborales nacionales, el empleo registrado privado en Salta mostró crecimiento en los últimos años, particularmente en actividades vinculadas a minería, construcción, comercio y servicios. Sin embargo, ese crecimiento no logró absorber plenamente a los jóvenes ni resolver los problemas de informalidad y precarización laboral.

 

De hecho, buena parte del empleo generado se concentró en actividades cíclicas, temporales o de baja complejidad tecnológica. El problema se vuelve todavía más preocupante cuando se observa la situación de los jóvenes que no estudian ni trabajan, los llamados "NiNis". Aunque el fenómeno es nacional, el norte argentino presenta históricamente indicadores más elevados de exclusión juvenil y vulnerabilidad social. Distintos estudios sobre Argentina urbana muestran que entre uno y tres de cada diez jóvenes de entre 18 y 24 años se encuentran fuera simultáneamente del sistema educativo y del mercado laboral.

 

En Salta, ya hace más de una década se advertía sobre la magnitud del problema: se estimaba la existencia de alrededor de 25.000 jóvenes que no trabajaban ni estudiaban. Y aquí aparece una de las cuestiones más delicadas para pensar el Salta 2050.

 

Porque mientras el mundo discute inteligencia artificial, parte significativa de nuestros jóvenes permanece excluida simultáneamente de la educación y del trabajo formal. Eso no constituye solamente un problema social. Constituye un enorme problema económico y estratégico.

 

Cuando los jóvenes quedan desconectados de la educación y del empleo, el problema deja de ser individual y pasa a convertirse en una limitación estructural para todo el sistema económico. Porque el verdadero capital de una sociedad no son solamente sus recursos naturales. Son sus capacidades humanas. Y una provincia que naturaliza altos niveles de exclusión juvenil corre el riesgo de ingresar al futuro con una economía que produce riqueza, pero con una sociedad crecientemente fragmentada entre quienes acceden al conocimiento y quienes quedan definitivamente afuera de él. ¿Creció Salta? ¿Cómo creció?

 

Y aquí aparece el dato verdaderamente importante. Porque el problema central ya no es discutir si Salta creció. Creció. El problema es analizar qué tipo de crecimiento fue, cuánto logró transformar estructuralmente la vida de la población y qué capacidades dejó instaladas para el futuro. Y allí emerge la pregunta incómoda que el nuevo Plan Salta 2050 debería animarse a discutir: ¿la riqueza generada durante estos años construyó una sociedad más preparada para competir en el mundo de la inteligencia artificial y la economía del conocimiento?

 

Porque si el crecimiento económico no logra traducirse en mejor educación, mayor productividad, ciencia, tecnología y reducción sostenida de la pobreza, el riesgo es quedar atrapados en una economía que produce riqueza, pero no necesariamente desarrollo.

 

Mientras la economía provincial crecía, otra realidad avanzaba en paralelo: la persistencia de la pobreza y el deterioro de capacidades educativas. Y allí aparece quizá el dato más inquietante de los últimos veinte años. Salta produjo más riqueza, pero no logró reducir de manera estructural sus desigualdades sociales y educativas. La pobreza continúa afectando a una proporción muy importante de la población, especialmente en niños y jóvenes.

 

Incluso en períodos de expansión económica y crecimiento del PBG, amplios sectores sociales permanecieron excluidos de oportunidades sostenidas de movilidad social. La situación se volvió todavía más crítica tras la pandemia, cuando Argentina alcanzó niveles cercanos al 44% de pobreza urbana y una fuerte "infantilización de la pobreza", fenómeno que golpeó especialmente al norte argentino. Y ese deterioro social tuvo un correlato directo en los aprendizajes.

 

Las Pruebas Aprender muestran que Salta arrastra desde hace años dificultades persistentes en Matemática, comprensión lectora y resolución de problemas. Aunque hubo mejoras importantes en Lengua después de la pandemia, la situación en Matemática sigue siendo alarmante: 4 de cada 10 estudiantes salteños no alcanzan los niveles esperados.

 

Los últimos resultados nacionales de Aprender 2024 muestran un dato estremecedor: apenas el 14,2% de los estudiantes secundarios alcanzó niveles satisfactorios en Matemática. Y aunque el problema es nacional, sus consecuencias son particularmente graves en provincias que necesitan construir capacidades tecnológicas y científicas para no quedar atrapadas en economías extractivas de baja complejidad. Porque aquí aparece la cuestión de fondo.

 

La pobreza del siglo XXI ya no será solamente falta de ingresos. Será también falta de capacidades cognitivas para participar de la economía del conocimiento.

 

Y eso redefine la discusión sobre desarrollo. Mientras el mundo avanza hacia inteligencia artificial, automatización y digitalización, las sociedades que no logren fortalecer matemática, ciencia, lectura y pensamiento crítico corren el riesgo de ampliar todavía más sus desigualdades. Por eso el verdadero desafío de Salta ya no consiste solamente en producir más riqueza. Consiste en transformar esa riqueza en capital humano, innovación y conocimiento.

 

La verdadera riqueza del siglo XXI no estará solamente debajo de la tierra. Estará, sobre todo, en la capacidad de producir conocimiento, innovación y talento. Ahí aparece la discusión que, en mi opinión, en Salta todavía no termina de asumir. Las evaluaciones educativas muestran que hay que mejorar el aprendizaje en áreas críticas porque son, precisamente, esas las capacidades que definirán la competitividad futura de las sociedades. Y esto tiene consecuencias económicas concretas. Si no se fortalece el capital humano de los salteños, probablemente continuaremos aumentando la actividad minera, exportando litio y muchos de los minerales críticos que el mundo necesita, pero seguiremos siendo una provincia pobre. Podremos atraer inversiones multimillonarias y, aun así, no generar movilidad social sostenida. Se producirá riqueza sin construir desarrollo humano.

 

La experiencia internacional demuestra que los recursos naturales, por sí solos, no garantizan prosperidad. El caso de Singapur resulta paradigmático: un país prácticamente sin recursos naturales, sin petróleo, sin minerales estratégicos y con enormes limitaciones territoriales logró convertirse en una de las economías más desarrolladas y competitivas del mundo a partir de una apuesta sistemática por la educación, la formación técnica, la innovación y el capital humano. Mientras muchas regiones ricas en recursos quedaron atrapadas en modelos extractivos y desigualdad persistente, Singapur construyó su desarrollo sobre conocimiento, planificación estratégica y excelencia educativa. La enseñanza es clara: en el siglo XXI, la verdadera riqueza de las naciones no depende solamente de lo que tienen debajo de la tierra, sino de lo que son capaces de desarrollar dentro de la cabeza de su población. El gobernador habló de un "contrato social" para las próximas generaciones. Tal vez allí esté la clave. Porque el verdadero contrato social del siglo XXI ya no se define solamente por la distribución de la riqueza. Se define, sobre todo, por la distribución del conocimiento.