Casi la mitad de una generación termina la escuela media sin las competencias mínimas para interpretar un texto, resolver un problema cotidiano o comprender un fenómeno científico simple. La culpa no es de un gobierno, sino de la falta de un cambio a la altura de la época.

 

¿Qué hace un sistema cuando, durante veinte años, recibe la misma señal de alarma y responde, una y otra vez, con el mismo gesto?

 

Esa es, en el fondo, la pregunta que deberíamos hacernos hoy, cuando la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) dio a conocer los resultados de PISA 2025 y Argentina volvió a caer, simultáneamente, en Matemática, Lectura y Ciencias, con el peor registro de las últimas dos décadas.

 

Pero no es la pregunta que suelen hacerse los análisis del día después ¿quién ganó, ¿quién perdió, qué gestión tiene la culpa?  sino una pregunta más incómoda y, a mi juicio, más productiva: ¿qué le pasa a un sistema que, ante evidencia sostenida de fracaso, no logra modificar su propio comportamiento?

 

Vengo insistiendo, desde mi lugar de docente y en la gestión universitaria, en que estos resultados no pueden leerse como una sumatoria de fallas puntuales - un ministro que hizo mal las cosas, una pandemia que golpeó más de la cuenta, una crisis económica que desvió recursos-. Hay que leerlos, más bien, a la luz de la Teoría General de los Sistemas. Ludwig von Bertalanffy, su fundador, sostenía que todo sistema complejo se define no por la suma de sus partes sino por las relaciones e interacciones entre ellas, y que un sistema que recibe insumos distintos, pero conserva su estructura interna intacta seguirá produciendo, tarde o temprano, los mismos resultados.

 

Niklas Luhmann, desde la teoría de sistemas sociales, agregaría que las organizaciones - y la escuela lo es - tienden a la clausura operativa: absorben las demandas del entorno y las traducen a su propia lógica interna sin necesariamente transformarla. Y Peter Senge, en su trabajo sobre organizaciones inteligentes, lo resume con una idea que deberíamos colgar en la puerta de cada ministerio de educación: la estructura determina el comportamiento, y cuando el comportamiento no cambia pese a los esfuerzos, el problema no está en las personas sino en la estructura que las contiene.

 

Los números de las PISA

 

Con ese marco en la mano, miremos los números. Argentina obtuvo 367 puntos en Matemática, 389 en Lectura y 393 en Ciencias. Respecto de 2022, la caída fue de 11 puntos en Matemática, el peor registro histórico del país en esa disciplina, 12 puntos en Lectura y 13 puntos en Ciencias. El país quedó octavo entre los trece países latinoamericanos evaluados y en los últimos puestos del ranking global, sobre 91 países y economías participantes. Pero el dato que más debería inquietarnos no es el promedio: es que el 48,8% de los estudiantes argentinos no alcanzó el nivel básico de desempeño en ninguna de las tres áreas evaluadas. Casi la mitad de una generación termina la escuela media sin las competencias mínimas para interpretar un texto, resolver un problema cotidiano o comprender un fenómeno científico simple.

 

Las políticas educativas

 

¿Qué políticas educativas se aplicaron en estos veinte años que no lograron torcer esta tendencia? Vale la pena el repaso, no para señalar culpables sino para identificar el patrón. Con Néstor Kirchner se sancionó la Ley de Educación Nacional de 2006, que extendió la obligatoriedad escolar y fijó nuevas metas de inversión educativa.

 

Con Cristina Fernández de Kirchner llegó Conectar Igualdad, en 2010, la entrega masiva de netbooks a estudiantes secundarios, pensada como gran apuesta de inclusión digital. Durante la presidencia de Mauricio Macri se lanzó el Plan Maestro y la Secundaria 2030, y se institucionalizaron las pruebas Aprender como sistema nacional de evaluación de calidad. Con Alberto Fernández, la pandemia obligó a improvisar una escolaridad remota de emergencia y se desplegó la plataforma Juana Manso como intento de continuidad pedagógica digital. Y en la actual gestión de Javier Milei, el eje pasó por la reducción del gasto y por una retórica de la evaluación y el mérito, sin que hasta el momento se haya traducido en una política pedagógica estructural de alcance federal.

 

Cinco gestiones, cinco enfoques distintos, cinco "inputs" diferentes inyectados al sistema: leyes, dispositivos, planes, plataformas, evaluaciones. Y, sin embargo, el "output" - lo que efectivamente aprenden los chicos - no dejó de deteriorarse. Esto es exactamente lo que anticipa la teoría de sistemas: si cambias los insumos, pero no tocas la estructura profunda - el modelo pedagógico, la formación docente, la organización del tiempo y el espacio escolar -, el sistema absorbe la novedad y sigue produciendo lo mismo. Conectar Igualdad puso una computadora en cada pupitre, pero no necesariamente cambió lo que ocurría frente al pizarrón. Juana Manso digitalizó contenidos, pero no rediseñó cómo se enseña. Ese es, me parece, el núcleo del problema: seguimos interviniendo la periferia del sistema y evitando tocar su centro.

 

Y el centro, en mi opinión, es el método. El sujeto que aprende hoy no es el mismo que aprendía hace veinte años: cambió su relación con la información, con la atención, con la autoridad, con el tiempo. Si el modelo de enseñanza permanece anclado en una lógica que fue diseñada para otro tipo de estudiante, en otro contexto histórico, la brecha entre sujeto y método no puede sino ampliarse. No soy la única que lo piensa.

 

El psicopedagogo italiano Francesco Tonucci, que dedicó buena parte de su obra a observar la escuela desde la mirada de la infancia, lo planteó con una crudeza que vale la pena citar: "ha cambiado todo, pero lo que no ha cambiado es la escuela misma". Esa frase, pronunciada mucho antes de que la inteligencia artificial entrara al aula, hoy suena casi profética.

 

Aprendizaje en el mundo digital

 

Y aquí es donde PISA 2025 aporta algo verdaderamente novedoso: por primera vez incorporó un cuestionario complementario sobre "Aprendizaje en el mundo digital", que permite mirar no solo qué saben los estudiantes sino en qué condiciones aprenden. Los datos para Argentina son elocuentes.

 

* Distracciones elocuentes: El 55% de los estudiantes admite que sus compañeros se distraen con celulares y dispositivos durante las clases de Ciencias, frente a un 28% en el promedio de la OCDE: somos, en ese indicador, uno de los países con mayor nivel de distracción digital en el aula de los 83 sistemas educativos relevados. No creo que la respuesta sea prohibir el uso de estas herramientas —de hecho, los propios datos muestran que en las escuelas con prohibición total la distracción reportada baja, pero no desaparece—; creo que la respuesta es reorientar ese uso hacia fines pedagógicos, y eso exige fortalecer decididamente la formación del profesorado en competencias digitales.

 

* Tecnologías: El segundo dato es aún más revelador: el 52% de los estudiantes argentinos usa chatbots de inteligencia artificial al menos una vez por semana como apoyo de estudio, por encima del 46% de la OCDE. Los usan para investigar temas nuevos y para resumir textos. La tecnología ya está en la mochila de nuestros estudiantes, la estén usando bien o mal. Si los docentes no actualizan sus metodologías e incorporan estas herramientas a su propia gestión de la enseñanza, la brecha entre lo que los chicos ya hacen por su cuenta y lo que la escuela les propone se va a seguir ensanchando, y ahí es donde se cuela la desigualdad: no todos tienen en su casa quien los oriente en el uso crítico de estas herramientas.

 

* Vínculo alumno - docente: Hay, sin embargo, un dato que deberíamos rescatar con fuerza, porque es la mejor noticia de todo el informe: el 78% de los estudiantes valora positivamente el interés de sus docentes por que aprendan, el 73% reconoce que sus profesores insisten hasta que todos entienden y el 79% dice recibir ayuda extra cuando la necesita. En un contexto de caída generalizada, ese vínculo pedagógico se sostiene. Los docentes se preocupan y se ocupan; lo que muchas veces les falta no es voluntad sino herramienta metodológica. En términos de sistemas, esto es lo que Senge llamaría un punto de apalancamiento: una parte pequeña del sistema donde una intervención bien dirigida puede generar un cambio desproporcionadamente grande en el conjunto. Si el vínculo docente-estudiante ya está construido, la política pública más eficiente no es reinventarlo sino equipar a esos docentes con metodologías actualizadas para capitalizar esa confianza.

 

* Puntualidad y ausentismo: El cuadro se completa con un dato de convivencia escolar que también merece atención: el 20% de los estudiantes faltó al menos un día entero a clase en las dos semanas previas a la evaluación, y el 66% llegó tarde en el mismo período. Ausentismo, impuntualidad y distracción digital no son hechos aislados: son síntomas de un mismo sistema que perdió capacidad de sostener el vínculo cotidiano entre el estudiante y la institución escolar, incluso cuando el vínculo con el docente individual permanece fuerte.

 

Docentes del siglo XXI

 

Si algo debería dejarnos PISA 2025, más allá del incómodo octavo puesto regional, es la certeza de que veinte años de reformas por adición no alcanzan cuando la estructura de fondo permanece intacta. La próxima política educativa relevante no debería medirse por cuántos dispositivos entrega ni por cuántas leyes sanciona, sino por si logra, finalmente, tocar el centro del sistema: la formación docente en nuevas metodologías, el uso pedagógico —no punitivo— de la tecnología, y el fortalecimiento de ese vínculo de confianza entre estudiantes y profesores que, contra todo pronóstico, todavía resiste. Ese es el verdadero punto de apalancamiento. La pregunta que abrí esta columna sigue abierta: ¿seguiremos inyectando insumos nuevos a una estructura vieja, o nos animaremos, por fin, a rediseñar el sistema?